Cualquiera que ofrezca una fecha concreta para la recuperación de la criogenia está haciendo conjeturas, y hay que ser escéptico ante ellas. No sabemos cuándo madurará la nanotecnología molecular, cuándo la tecnología de escaneado alcanzará una resolución suficiente, cuándo la sociedad desarrollará los recursos y la motivación para intentar la recuperación, ni siquiera si ésta llegará a producirse. Pero podemos reflexionar detenidamente sobre los factores que podrían influir en el momento oportuno, examinar los precedentes históricos de las tecnologías transformadoras y considerar qué indicadores tempranos podrían decirnos que la reactivación está siendo factible.
La previsión tecnológica tiene un historial terrible, especialmente en el caso de tecnologías transformadoras que requieren múltiples innovaciones de apoyo. En 1950, los físicos que confiaban en la fisión nuclear predijeron que los aviones y coches de propulsión nuclear llegarían en unas décadas. Nunca llegaron. En 1970, los investigadores de IA predijeron que la inteligencia artificial a nivel humano llegaría en una generación. Tardó mucho más de lo esperado. En 2000, los futurólogos predijeron la extensión radical de la vida y la fabricación molecular para 2020. Seguimos esperando.
El problema es que las tecnologías transformadoras rara vez siguen una línea recta desde la prueba de concepto hasta el despliegue. Requieren infraestructuras de apoyo, innovaciones complementarias, viabilidad económica, aceptación social y, a menudo, avances fortuitos. Predecir cuándo se alinearán todos estos factores es como predecir el tiempo con meses de antelación, el sistema es demasiado complejo y contingente.
La reanimación criónica es especialmente difícil de predecir porque depende de múltiples tecnologías inciertas. Incluso si supiéramos cuándo madurará la nanotecnología molecular, tendríamos que saber cuándo podrá aplicarse esa tecnología a la reparación neuronal, cuándo habrá recursos disponibles para los intentos de reactivación, cuándo los marcos legales y éticos permitirán la reactivación. Cada uno de estos factores introduce incertidumbre.
La reactivación requiere varias capacidades que aún no existen a la escala y con la sofisticación necesarias. Entender estos requisitos previos ayuda a delimitar el problema, aunque no nos dé un calendario.
En primer lugar, necesitamos herramientas que puedan funcionar a escala molecular y celular en todo el tejido conservado. Esto significa probablemente nanotecnología molecular, aunque también podrían funcionar alternativas como la exploración avanzada combinada con la reparación selectiva. Nada en nuestra trayectoria tecnológica actual sugiere que estas capacidades vayan a llegar en la próxima década o dos. Mediados de siglo parece optimista, pero no imposible. Finales de siglo parece más probable si se sigue avanzando al ritmo actual.
En segundo lugar, necesitamos una comprensión exhaustiva de la codificación neuronal de la información. Estamos avanzando en este campo: conectómica, registro neuronal, neurociencia computacional, pero aún estamos lejos de comprender plenamente cómo los cerebros codifican los recuerdos, la personalidad y la conciencia. Este conocimiento podría llegar antes que la tecnología de reparación, o podría coevolucionar con ella.
En tercer lugar, necesitamos recursos económicos y voluntad social para intentar la reactivación. No se trata tanto de capacidad técnica como de prioridades. Una civilización capaz de revivir puede decidir no hacerlo o retrasarlo indefinidamente. O puede dar prioridad a la reactivación como imperativo moral, acelerando los plazos.
¿Cuánto tiempo suelen tardar las tecnologías revolucionarias desde su concepción hasta su implantación? La respuesta varía mucho según la tecnología.
El vuelo a motor pasó del primer vuelo (1903) a la aviación comercial (década de 1920) en unos veinte años. La energía nuclear pasó del descubrimiento de la fisión (1938) a las centrales eléctricas comerciales (década de 1950) en unos quince años. Pero se trataba de problemas de ingeniería relativamente sencillos, basados en una física bien entendida.
La nanotecnología molecular podría parecerse más a la energía de fusión: teóricamente posible desde los años 50, sujeta a continuas predicciones del tipo "faltan treinta años", y aún no desplegada comercialmente setenta años después. O podría parecerse más a la informática: progreso exponencial gradual a lo largo de décadas, con capacidades que habrían parecido imposibles en 1950 y se habrían convertido en rutinarias en el año 2000.
La analogía más pertinente podría ser la ingeniería genética. Desde el descubrimiento de la estructura del ADN (1953) hasta la edición genética CRISPR (2012) pasaron unos sesenta años. Cada década aportó nuevas capacidades: enzimas de restricción, ADN recombinante, PCR, secuenciación del ADN y, finalmente, edición genética de precisión. La recuperación de la criogenia podría seguir una trayectoria similar: décadas de progreso gradual en campos relacionados, seguidas de técnicas revolucionarias que de repente hacen viable la recuperación.
Aunque no podamos predecir cuándo se producirá la reactivación, sí podemos identificar marcadores de progreso. No nos darán una cuenta atrás, pero nos indicarán si vamos en la dirección correcta.
Atentos a los avances en maquinaria molecular. ¿Podemos construir motores moleculares sintéticos? ¿Podemos programar robots moleculares para que realicen tareas complejas? ¿Podemos dirigir el ensamblaje molecular con precisión? Cada avance nos acerca más a la capacidad de reparación.
Esté atento a los avances en preservación neural e imagen. ¿Podemos preservar el tejido cerebral con menos daños? ¿Podemos obtener imágenes del tejido preservado con mayor resolución? ¿Podemos identificar y rastrear sinapsis individuales? Una mejor preservación e imagen no permite directamente la recuperación, pero aumenta la cantidad de información recuperable y nos ayuda a comprender qué hay que reparar.
Esté atento a los avances en medicina regenerativa e ingeniería de tejidos. ¿Podemos regenerar órganos complejos? ¿Podemos reparar tejido neural dañado en pacientes vivos? ¿Podemos interconectar sistemas artificiales y biológicos? Estas capacidades podrían ofrecer vías alternativas o complementarias para la recuperación.
Esté atento a los cambios en las actitudes sociales y los marcos jurídicos. ¿Acepta mejor la sociedad la prolongación radical de la vida? ¿Desarrollamos estructuras éticas y jurídicas para gestionar la prolongación de la vida? ¿Aumenta la financiación de la investigación sobre la prolongación de la vida? La capacidad técnica es importante, pero también lo es la voluntad social de utilizar esa capacidad.
Algunos pacientes criogénicos pueden esperar cincuenta años. Otros pueden esperar trescientos. Otros puede que nunca revivan, bien porque nunca sea factible o porque las circunstancias lo impidan. No hay garantías de que el progreso tecnológico continúe, de que la sociedad siga siendo lo bastante estable como para mantener las instalaciones de conservación o de que la civilización futura decida revivir a los pacientes criogénicos.
Esta incertidumbre debe influir en la toma de decisiones sobre la criopreservación. No estás comprando un procedimiento médico con resultados y plazos predecibles. Estás comprando una oportunidad, con una probabilidad de éxito desconocida y un tiempo de espera desconocido en caso de éxito. Para algunas personas, eso no es convincente. Para otros, es suficiente porque la alternativa es la certeza de la muerte.
Algunos defensores argumentan que el progreso tecnológico se está acelerando, y que esta aceleración traerá el renacimiento antes de lo que sugiere la extrapolación lineal. Apuntan a la Ley de Moore, a los rápidos avances en biotecnología e inteligencia artificial y al ritmo creciente de los descubrimientos científicos.
Esto puede ser cierto. El progreso exponencial puede parecer lento hasta que de repente parece rápido. La potencia informática que parecía estar a décadas de distancia puede llegar en años si las tendencias exponenciales continúan. Tal vez la nanotecnología molecular, la reparación neuronal y otros requisitos previos para el renacimiento sigan trayectorias similares.
Pero la aceleración no está garantizada. Algunas tecnologías alcanzan límites fundamentales. Otras se estancan debido a su complejidad, la escasez de recursos o la pérdida de financiación. E incluso el progreso exponencial lleva su tiempo: las curvas exponenciales tienen que empezar en algún sitio y construirse a través de múltiples duplicaciones.
Pensar a largo plazo exige considerar escalas temporales muy largas. ¿Y si el renacimiento no se produce hasta 2300? ¿O hasta el 2500? El nitrógeno líquido es barato y el almacenamiento criogénico es relativamente sencillo, por lo que la conservación durante varios siglos parece factible desde un punto de vista técnico.
Los plazos largos también implican que los primeros en adoptar la criopreservación corren más riesgos que los últimos. Alguien conservado en 2025 con las técnicas actuales podría ser más difícil de revivir que alguien conservado en 2075 con mejores métodos. Pero también podría revivir antes, si su mayor tiempo de espera coincide con el desarrollo de la tecnología de revivificación.
Un debate honesto sobre el calendario debe reconocer que la reactivación podría no producirse nunca. El progreso tecnológico podría estancarse. La sociedad podría derrumbarse o cambiar de tal forma que no hubiera interés en la reactivación. Los retos técnicos podrían resultar insuperables. Los pacientes criónicos podrían ser mantenidos indefinidamente, o el almacenamiento podría terminar finalmente.
Esto no es derrotismo. Es reconocer la realidad. La crioconservación es una apuesta por la capacidad futura, no una garantía de resultado. La cuestión del tiempo incluye la posibilidad de que la respuesta sea "nunca".
Para muchas personas, esto no cambia el cálculo. Incluso una pequeña posibilidad de revivir es preferible a la certeza de la destrucción de la información. Pero es importante hacer esa elección con un entendimiento claro, no con una falsa certeza sobre los plazos.
Entonces, ¿para cuándo la reactivación? La respuesta honesta sigue siendo: no lo sabemos, y cualquiera que afirme saberlo está adivinando o vendiendo algo.
Lo que sí podemos afirmar es lo siguiente: la reactivación requiere capacidades tecnológicas de las que aún no disponemos. Los patrones históricos sugieren que las tecnologías transformadoras tardan décadas en madurar. Las trayectorias actuales en los campos pertinentes son prometedoras, pero distan mucho de ser suficientes. El plazo podría ser de cincuenta años, de quinientos o de nunca.
Si te estás planteando la criopreservación, no lo hagas basándote en expectativas sobre el momento oportuno. Hazlo porque valoras la posibilidad, por incierta que sea, de una recuperación futura. Hazlo porque la información conservada crea posibilidades que la información destruida no crea. Hazlo porque crees que el intento merece la pena aunque el resultado sea desconocido.
El calendario será el que sea. Nuestro trabajo ahora es preservar la información lo mejor posible, hacer avanzar las tecnologías pertinentes donde podamos, mantener organizaciones estables a largo plazo y esperar que, cuando sea posible revivir, hayamos hecho lo suficiente para que el éxito sea probable.
No es una respuesta satisfactoria a "¿cuándo podemos esperar el renacimiento?". Pero es la honesta.