Amor por la vida y curiosidad

Por qué la criopreservación es la aventura definitiva

El paciente no puede pilotar este viaje. Lo que cruza lo desconocido es una promesa cuidadosamente preservada, sostenida por una estructura, unas instituciones y unas personas que quizá todavía no existen.

Toda historia de aventuras tiene un viajero.

Esta tiene un paciente.

No hay vistas por la ventanilla, ni diario de ruta, ni decisión de dar media vuelta a mitad de camino.

Si la criopreservación llega a funcionar, todo el viaje ocurre mientras la persona no puede hacer absolutamente nada.

Eso la hace más extraña que cualquier viaje. Y hace que la palabra «aventura» merezca examinarse, no solo disfrutarse.

El último día ordinario

Imagina que tu preservación sale como estaba previsto.

Hay una última conversación, una última habitación conocida y un último instante en un mundo cuyas reglas básicas entiendes.

Luego, la muerte legal. El procedimiento. El enfriamiento. El silencio.

Si más adelante la reanimación llega a ser posible, no vives los siglos que separan esos dos momentos.

Desde tu propia perspectiva, el futuro podría llegar sin viaje alguno.

Y sin embargo, todo lo que te importa debe cruzar ese intervalo de algún modo: la memoria, la identidad, los deseos, los registros y la estructura física que podría conectar a la persona futura contigo.

La aventura empieza con una desaparición.

A partir de ese momento, otros deben cargar con lo que tú ya no puedes.

Los exploradores corrientes navegan. Los pacientes criopreservados delegan.

Los equipos médicos llevan a cabo el procedimiento. Los operadores de almacenamiento mantienen la temperatura. Las fundaciones custodian obligaciones, registros y el capital destinado al cuidado del paciente.

Las personas del futuro, si ese momento llega alguna vez, tendrán que decidir que la reanimación es posible y que merece la pena intentarla.

El paciente no puede inspeccionar nada de esto.

El paciente no puede pilotar. El vehículo está hecho de procedimiento, instituciones y personas que cumplen promesas a través del tiempo.

No puede detectar una institución débil, rechazar un método obsoleto ni elegir una instalación mejor.

El viaje depende, por tanto, de una competencia que sobreviva más tiempo que cualquier empleado o empresa concreta.

Por eso el buen gobierno de las organizaciones forma parte de la historia, no de un apéndice. Construir organizaciones pensadas para durar es parte de construir el vehículo.

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La reanimación no garantizaría una vida fácil

Las versiones de ciencia ficción de la reanimación suelen ofrecer un hospital, un guía amable y una sociedad encantada de vernos.

Nada de eso se deduce de la capacidad técnica.

Una civilización futura podría saber reparar a un paciente y, aun así, destinar sus recursos a otra cosa.

Podría reconocer obligaciones hacia las personas almacenadas. O podría considerarlas una carga histórica.

Las leyes podrían reconocer al reanimado un estatus, una propiedad y un apoyo. O podrían no saber en qué categoría encajarlo.

La tecnología abre la posibilidad de llegar. Las instituciones deciden si alguien abre la puerta.

La Patient Care Foundation existe, en parte, para defender los intereses del paciente a través de ese silencio. Su papel se explica en el ecosistema de Tomorrow.bio.

Y ni siquiera una bienvenida convertiría el mero recalentamiento en una llegada lograda.

Un cuerpo caliente no es el destino.

Un cerebro funcional sin memoria ni voluntad significativas no satisfaría lo que la mayoría de la gente quiso preservar.

La persona futura debe mantener suficiente continuidad con la actual para que la reanimación cuente como rescate y no como sustitución.

La reanimación solo contaría si quien regresa sigue conectado de forma significativa con quien partió.

Esa exigencia se proyecta hacia atrás sobre cada etapa del procedimiento.

La enfermedad, la isquemia, una perfusión incompleta, el hielo, la toxicidad y el estrés térmico pueden alterar estructuras que importan.

Una futura reparación tendría que distinguir la información original del daño sin inventar a la persona que se pretendía recuperar.

Nadie sabe dónde está ese límite.

La declaración de consentimiento informado de Tomorrow.bio es explícita: la pérdida de memoria, de capacidades y otros déficits podrían persistir incluso después de una reanimación hipotética.

El problema de la identidad se trata en memoria, identidad y cerebro.

No existe una ruta completa hacia la reanimación

Conocemos algunos hitos.

El frío ralentiza la química. Los agentes crioprotectores reducen la formación de hielo. El almacenamiento a baja temperatura mantiene el tejido sin refrigeración eléctrica continua.

Esos hechos no son un mapa hacia la reanimación humana.

El recalentamiento a gran escala sigue siendo difícil. La toxicidad de los crioprotectores y el daño estructural persisten. Además, habrá que tratar tarde o temprano la causa de la muerte.

Luego viene el vacío más difícil: restaurar a una persona completa con una función aceptable.

El avance en cualquiera de estos problemas merece atención. No debería contarse como si fuera ya la llegada.

La cadena técnica todavía abierta aparece en los desafíos técnicos de la criopreservación reversible.

Aunque esos vacíos se cerraran, ese buen futuro seguiría conteniendo duelo.

Supongamos que las partes que hoy parecen imposibles se vuelven rutinarias.

Despiertas con la mente sustancialmente intacta.

Tu profesión puede haber dejado de existir. Tu idioma puede sonar anticuado. Todos los que renunciaron a preservarse pueden haberse ido para siempre.

Puede que necesites aprender el mundo ordinario antes de poder disfrutar de sus partes extraordinarias.

La rehabilitación podría ser, a la vez, física, legal, social y emocional.

Algunos oyen esto y sienten asombro. Otros oyen exilio.

Un futuro puede merecer la pena aunque no sea fácil de habitar.

Ambas reacciones merecen más respeto que la promesa fácil de que el futuro será maravilloso.

La versión solitaria de la llegada se explora en ¿y si despierto solo?

Sigue siendo una aventura

Después de todas estas salvedades, ¿todavía encaja la expresión «aventura definitiva»?

Para algunas personas, sí.

No porque exista un billete comprado, sino porque el destino no se puede programar, describir ni garantizar.

La decisión plantea si la curiosidad puede convivir con una vulnerabilidad radical.

Preparas todo lo que está en tu mano y confías el resto a personas y conocimientos que quizá todavía no existen.

Eso no es turismo corriente disfrazado de lenguaje futurista.

Es una apuesta: que la estructura, las instituciones y el trabajo inacabado de desconocidos puedan transportar al yo a través del tiempo.

La apuesta puede perderse.

La aventura nunca fue sinónimo de certeza.

En resumen: la criopreservación es un intento incierto de alcanzar un futuro que no puedes predecir ni controlar. Su atractivo está en la posibilidad de vivir más, no en la promesa de que lo conseguirás.

Para saber más