Un conocido experimento mental, casi un juego de sobremesa, plantea una de las cuestiones centrales de este dosier. Con los años, casi todos los átomos del cuerpo se sustituyen por otros nuevos. Las proteínas que hoy hay en tus sinapsis no son las que estaban allí hace diez años. Y, sin embargo, esta mañana te has despertado siendo la misma persona que se acostó anoche, con los mismos recuerdos, el mismo acento y esa canción machacona todavía rondándote la cabeza. Conviene tomarse la pregunta al pie de la letra: si tú no eres tus átomos, ¿qué eres?
La idea en la que se basa la criónica puede resumirse en una frase. No eres tus átomos. Eres la forma en que están dispuestos. Todo lo que conforma tu identidad, desde los recuerdos y las preferencias hasta tu particular sentido del humor, depende de la organización de la materia cerebral: unos 86 mil millones de neuronas conectadas entre sí mediante muchos billones de sinapsis. Si esa estructura se mantiene intacta, la identidad también podría perdurar aunque se sustituyeran los átomos que componen el cerebro. Toda la propuesta de la criónica se basa en esta premisa, por lo que conviene examinar hasta qué punto cuenta con respaldo científico.

La memoria es física, no mágica
Cuando aprendes algo y ese aprendizaje se fija en la memoria, se producen cambios físicos en el cerebro. Las conexiones entre neuronas, las sinapsis, se refuerzan, se debilitan, aparecen y desaparecen. Al consolidarse un recuerdo nuevo, se modifica una pequeña parte de los circuitos cerebrales. Este fenómeno se conoce como plasticidad sináptica y ayuda a explicar cómo un recuerdo puede perdurar aunque se renueven las moléculas que intervienen en su almacenamiento. Lo que cuenta es el patrón. Las moléculas actúan como soporte, del mismo modo que una frase sigue siendo la misma aunque se imprima con otra tinta.
Por eso, un golpe fuerte en la cabeza, un ictus o una enfermedad como el alzhéimer pueden borrar recuerdos o alterar el carácter: todos ellos dañan la estructura física del cerebro. En el cerebro, la información reside en la organización física de los circuitos. No hay indicios de que los recuerdos se almacenen en un depósito inmaterial: su existencia depende del tejido cerebral.
La identidad depende de un patrón que no está ligado a unos átomos concretos
Si la identidad reside en la estructura y no en unos átomos concretos, cabe extraer una conclusión llamativa: en principio, un mismo patrón puede plasmarse en distintos soportes, como el texto de un libro puede aparecer en una primera edición, en una edición de bolsillo o en una pantalla. El neurocientífico Sebastian Seung resumió en cuatro palabras una década de trabajo sobre la cartografía del cerebro.
«Yo soy mi conectoma».
Sebastian Seung, neurocientífico computacional, en su charla de 2010 y en su libro «Connectome»
El conectoma es el mapa de todas esas conexiones, es decir, del cableado neuronal del cerebro. La tesis de Seung, compartida por los defensores de la criónica, es que conservar el conectoma permitiría conservar la información esencial de una persona. Los átomos pueden renovarse; lo decisivo es preservar la organización de la materia cerebral. Tim Urban explora una idea semejante, con un tono más humorístico y abundantes ilustraciones, en «Qué te hace ser tú», una lectura que complementa este artículo.
Por qué esto cambia lo que hay que preservar
Veamos qué implica esta idea desde el punto de vista técnico. Si conservar la identidad exigiera mantener activo el metabolismo de todas las células, la tarea resultaría inviable: no sabemos mantener un cerebro humano completo en funcionamiento fuera de un organismo vivo. Ahora bien, el cerebro no tiene por qué seguir funcionando; basta con que su estructura permanezca intacta. El objetivo es impedir que la estructura se deteriore.
Este objetivo resulta más viable: al menos en determinados tejidos y a pequeña escala, las técnicas actuales permiten conservar parte de esa estructura. Cuando el tejido cerebral se enfría lo suficiente, el movimiento molecular disminuye y las reacciones que lo degradan se ralentizan drásticamente. El cerebro deja de funcionar, pero su estructura puede quedar estabilizada, como una imagen congelada en el tiempo. Por eso la criopreservación trata de conservar la estructura, no de mantener la función cerebral. El almacenamiento se realiza a −196 °C, muy por debajo de la temperatura de transición vítrea. Por debajo de ese umbral, la disolución vitrificada deja de comportarse como un líquido y su estructura queda estabilizada. Todas las fases del procedimiento, desde la perfusión de crioprotectores hasta el enfriamiento que induce la vitrificación y evita la formación de hielo, tienen el mismo objetivo: proteger la estructura cerebral.
El problema de la copia, y por qué importa la continuidad
La identidad entendida como patrón tiene una consecuencia incómoda. Si la identidad depende únicamente de esa disposición y no de unos átomos concretos, cabría considerar que una copia perfecta también eres tú. Si se hicieran dos copias, ambas tendrían el mismo fundamento para afirmar que son la persona original.
Hay dos posturas defendibles, y la diferencia entre ellas no es meramente teórica. Una postura sostiene que la identidad consiste exclusivamente en el patrón y que, por tanto, una reconstrucción suficientemente fiel conservaría a la persona con independencia del procedimiento empleado. El neurocientífico Ariel Zeleznikow-Johnston, de la Universidad de Monash, desarrolla esta tesis en uno de sus libros: los rasgos que hacen única a una mente estarían codificados en el conectoma, de modo que preservar esa estructura equivaldría a preservar la identidad de la persona.
En este dosier añadimos un requisito: la identidad dependería tanto del patrón como de la continuidad en el tiempo del sistema físico que lo sustenta. Desde ese punto de vista, la copia sería una persona nueva con tus recuerdos, mientras que la persona original habría desaparecido.
Sin embargo, la criónica no exige resolver este debate, y ello por una razón práctica. La criopreservación no crea una copia: trata de conservar el cerebro original y de detener los procesos que degradan su estructura. No se genera una copia a partir de un registro del cerebro, por lo que, según esta interpretación, se preservaría la continuidad del soporte físico. Sea cual sea la postura correcta, conservar la estructura original sería compatible con ambas.
El problema de la copia adquiere verdadera importancia en las propuestas que pretenden registrar la estructura de un cerebro y reproducirla en otro soporte. Es un planteamiento distinto, que merece un artículo propio y no puede despacharse en un solo párrafo.
Lo que todavía no sabemos
Llegados a este punto, conviene separar las posibilidades reales de las promesas comerciales. Hoy nadie sabe cómo reconstruir o reanimar a una persona a partir de un conectoma conservado. Todavía no disponemos de tecnologías capaces de cartografiar un cerebro humano completo con resolución sináptica, reparar los daños sufridos y restaurar su función. Por eso la reanimación no es posible en la actualidad. Además, sigue abierto el debate científico sobre qué aspectos de la identidad dependen de la estructura relativamente estable del cerebro y cuáles requieren la actividad eléctrica y química que cesa con la muerte. Es posible que algunos componentes de la memoria dependan también de elementos distintos de las sinapsis, como las marcas epigenéticas, el ARN intracelular o las redes perineuronales. Todos ellos forman parte de la estructura celular, aunque no del conectoma en sentido estricto. La opción más prudente y, a mi juicio, más acertada consiste en conservar la estructura cerebral con la mayor integridad posible y dejar que los avances futuros determinen qué elementos son imprescindibles.
A la hora de valorar la criónica, conviene partir de lo que sí sabemos. La memoria y la identidad son físicas. Es posible conservar estructuras físicas durante periodos prolongados. Para conservar esa información no es necesario disponer hoy de un método de reanimación; lo esencial es impedir que la estructura se deteriore mientras se investiga cómo restablecer el funcionamiento del cerebro. Plantear esta cuestión como un problema técnico permite convertir una idea abstracta e inquietante en objetivos de investigación concretos.
La hipótesis central es esta: si se conserva la estructura relevante, quizá pueda conservarse también la persona. El reto consiste en proteger esa estructura desde los primeros minutos posteriores a la parada cardíaca y mantenerla intacta durante todo el periodo de conservación.
En resumen, la memoria y la identidad dependen de la información codificada en la estructura física del cerebro. La criónica trata de conservar esa información, aunque todavía no sabemos si las técnicas actuales preservan todos los elementos necesarios para una eventual reanimación.
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