La mentalidad racional

El problema de la nada no tiene una respuesta puramente lógica

La inexistencia no es una experiencia, pero la muerte puede, aun así, arrebatar un futuro que alguien valora. La biostasis supone un intento incierto de preservar ese futuro, no una prueba ni una garantía.

Resulta especialmente difícil pensar en la propia inexistencia.

Puedes imaginarte una habitación vacía, tu propio funeral o un mundo que sigue adelante sin ti.

Pero tú sigues estando ahí, como la persona que se lo imagina.

La nada no es oscuridad, silencio ni sueño eterno.

Esas son experiencias. La inexistencia es la ausencia de alguien que las viva.

Esto puede resultar reconfortante.

Si no existe un sujeto tras la muerte, no hay nadie atrapado en la nada ni ningún estado eterno que soportar.

También puede dejar sin modificar la objeción en sí.

Quizá no te dé miedo estar muerto. Quizá te resistas a perder todos los futuros que, de otro modo, habrías podido vivir.

Que no haya sufrimiento no significa que no haya pérdida

Pensemos en una decisión médica habitual.

Un paciente bajo anestesia general no es consciente de las horas que dura la intervención quirúrgica. Pero eso no significa que no sea relevante si se despierta o no.

El daño que supone la inexistencia permanente no tiene por qué ser una situación desagradable tras la muerte.

Puede tratarse de la pérdida de relaciones, proyectos, descubrimientos y momentos que habrían sido importantes si la persona hubiera seguido viva.

Se trata de una comparación realizada desde el punto de vista de alguien que vive en la actualidad.

No hace falta que te imagines a un fantasma lamentándose por su futuro.

Solo hay que darse cuenta de que la vida puede ofrecer cosas buenas, y que poner fin a una vida impide el acceso a ellas.

Eso aún no demuestra que cada año adicional sea valioso.

Es lógico que una persona que sufre mucho se preocupe más por el alivio que por la duración.

Hay quien puede creer que la vida natural llega a su fin, que hay una vida después de la muerte o que la continuidad personal no es un bien supremo.

La lógica no puede introducir la premisa cuyo valor rechaza.

No se puede saber lo que es estar muerto. Aun así, el hecho de dejar de estar vivo puede suponer una pérdida.

Esta distinción explica por qué los argumentos sobre la muerte suelen pasar de largo unos a otros.

Una de las partes afirma, con razón, que una persona que no existe no puede sufrir.

La otra afirma, también de forma coherente, que la persona viva tiene motivos para proteger un futuro que valora.

Ambas afirmaciones pueden ser ciertas.

La biostasis mantiene una posibilidad

La crioconservación no resuelve la inexistencia.

No se establece que el paciente permanezca consciente, que esté legalmente vivo ni que se garantice su regreso.

El paciente se considera legalmente fallecido. Su metabolismo está inactivado a temperatura criogénica. No existe ninguna tecnología actual capaz de reanimarlo.

Lo que el procedimiento pretende conservar es la información física.

Si la memoria y la personalidad dependen de una estructura duradera en el cerebro, y si una parte suficiente de esa estructura sobrevive, la recuperación futura podría seguir siendo físicamente posible.

Cada «si» cuenta.

No conocemos todos los fundamentos físicos de la memoria y la identidad. No sabemos si los procedimientos actuales conservan todo lo que necesitaría un futuro método de reparación.

No sabemos si ese método de reparación llegará a existir alguna vez.

Y un paciente ingresado depende de que las instituciones sigan prestándole asistencia hasta que eso ocurra.

La cadena técnica se distingue por un enfoque de ingeniería aplicado a un problema biológico.

Así pues, la conclusión honesta es modesta.

La biostasis podría impedir que una de las vías hacia la inexistencia se volviera irreversible inmediatamente después de la muerte legal.

Puede que no salga bien.

Para alguien que valora la continuidad de la vida y acepta una concepción física de la identidad, mantener esa opción puede seguir siendo racional.

Para alguien que cree que la persona ya ha fallecido, en el único sentido que importa, es posible que ese mismo procedimiento no aporte ningún beneficio relevante.

Por eso, la elección sigue siendo intrínsecamente personal.

Cargando la herramienta interactiva...

No se puede razonar basándose únicamente en el miedo

El miedo te indica que un resultado te importa.

No indica cuál es la probabilidad de que se produzca ese resultado, si la respuesta propuesta funciona ni cuánto debería costar.

Esto se aplica en ambos sentidos.

Un miedo intenso a la muerte puede hacer que unas pruebas poco sólidas parezcan decisivas.

El miedo intenso a parecer ingenuo puede hacer que la incertidumbre se perciba como una prueba de que una idea es imposible.

Ninguna de las dos emociones merece tener la última palabra sobre la cuestión objetiva.

Una decisión más serena distingue tres cosas.

En primer lugar: ¿qué es lo que más valoras? Quizá la experiencia acumulada, las relaciones, la curiosidad o, sencillamente, la oportunidad de disfrutar de mañanas más normales.

Segundo: ¿qué es lo que respaldan las pruebas? La crioconservación actual puede ralentizar los cambios físicos y preservar la estructura, pero aún no se ha demostrado que sea posible revivir a un ser humano.

Tercero: ¿qué te exige ahora este acuerdo en tu vida?

El dinero destinado a la conservación no se puede gastar dos veces. Las obligaciones familiares siguen siendo reales. El plan no debe acabar con la vida que pretende proteger.

Los miembros no abordan estas cuestiones desde un único punto de vista emocional.

Algunos sienten miedo. Otros sienten curiosidad. Para algunos, los trámites resultan casi rutinarios una vez que se han decidido.

Para otros, lo que marca la diferencia es el amor por su vida actual, más que la angustia ante la muerte.

Estos motivos pueden coexistir.

Una decisión racional no implica que tengas que dejar de sentir. Implica que tus sentimientos dejen de hacerse pasar por pruebas.

Puede resultar útil plantear la pregunta al revés.

No te preguntes solo si te da miedo la muerte. Pregúntate si aceptarías una década más de vida sin riesgos si la medicina te la ofreciera mañana.

Si la respuesta es sí, el hecho de seguir viviendo ya tiene un valor independiente del pánico.

Entonces pregúntate cuánto sacrificio actual merece un intento incierto.

Esto hace que la conversación pase de centrarse en el temperamento a centrarse en una disyuntiva que sí se puede analizar.

No hacer nada sigue siendo una elección

A menudo se considera que registrarse es una decisión activa, mientras que no hacer nada se ve como algo neutro.

Desde el punto de vista biológico, no hacer nada tiene una dirección predecible.

Tras la muerte, la estructura del cerebro se degrada. El entierro permite que ese proceso continúe. La cremación acelera una destrucción irreversible.

Si más adelante una persona se arrepiente de no haber organizado la crioconservación, es posible que ya no haya ningún momento posterior en el que pueda recuperar esa opción.

Esto no significa que todo el mundo deba actuar hoy mismo.

Significa que el retraso forma parte de la decisión, y no es algo ajeno a ella.

Puedes considerar que las pruebas son insuficientes, que el coste es demasiado elevado o que la concepción subyacente de la identidad es errónea.

Esas son las razones.

«Nunca llegué a decidirme» conduce al mismo resultado concreto sin haberlo analizado previamente.

La asimetría es importante porque es más fácil llegar a acuerdos antes de que se produzca una crisis.

La financiación suele ser más económica mientras la persona es más joven y goza de mejor salud. Los trámites se pueden realizar sin que la familia tenga que tomar decisiones en un momento de conmoción.

Nada de esto eleva la probabilidad de que se produzca un resurgimiento a una cifra conocida.

Solo reduce las formas evitables de que el intento ni siquiera llegue a producirse.

El argumento del «valor de la opción» se desarrolla para explicar por qué una probabilidad del 1 % es infinitamente mejor que el 0 %.

Tu respuesta no tiene por qué servir para todo el mundo

El problema de la nada no tiene una solución puramente lógica, ya que la lógica necesita premisas.

Si la vida en sí misma tiene valor, la inexistencia nos priva de algo importante.

Si la conservación física permitiera conservar a la persona, la crioconservación podría abrir una vía que otras formas de disposición cierran.

Si la oportunidad desconocida te parece más valiosa que el coste actual, lo lógico es llevarla a cabo.

Si se modifica cualquiera de esas premisas, la conclusión podría cambiar.

Esa forma condicional no es sinónimo de debilidad.

Así es como se presenta una conclusión honesta cuando tanto las pruebas como los valores son importantes.

Tomorrow.bioEn el documento de consentimiento informado se indica que es posible que la reanimación nunca llegue a ser posible.

Puedes aceptar eso y, aun así, decidir que la destrucción segura no es la opción por defecto adecuada.

También puedes aceptarlo y decidir no participar.

Lo importante es fijarse en lo que se está eligiendo.

La nada en sí misma no te hará daño.

Pero si quieres un futuro, dejar que se cierren todas las vías que conducen a él no es un acto neutral.

En resumen: La inexistencia no es una experiencia, pero la muerte puede, aun así, arrebatar un futuro que alguien valora. La biostasis ofrece un intento incierto de preservar ese futuro, no una prueba ni una garantía.

Más información