Valores personales y religión

Cuando «el final» resulta sencillamente inaceptable

La muerte puede ser real sin por ello ser algo bueno. La crioconservación no puede prometer la supervivencia, pero mantiene una posibilidad que el entierro y la cremación eliminan.

Hay personas que aceptan la muerte.

Hay quienes lo entienden perfectamente y, aun así, lo rechazan.

Este artículo trata sobre esa segunda postura. No se trata de la creencia de que ya se pueda vencer a la muerte, ni de la promesa de que la criónica vaya a funcionar. Se trata de la simple conclusión de que la pérdida definitiva de una persona es algo negativo, y de que aceptar la muerte como un hecho no implica aceptarla como un resultado positivo.

Para alguien a quien le gusta estar vivo, la objeción no es difícil de explicar. La muerte nos priva del pensamiento, de las experiencias, de las relaciones, de los planes y de todas las decisiones que aún no hemos tomado. Su carácter universal no convierte esas pérdidas en beneficios.

Quizá quieran pasar otra mañana normal con su pareja. Quizá quieran ver en qué se convierten sus hijos. Quizá simplemente sientan que su vida les pertenece y que ningún plazo natural tiene derecho a ponerle fin.

Eso no es necesariamente un deseo de inmortalidad.

Es negarse a fingir que un final indeseado cobra sentido simplemente por ser algo familiar.

La aceptación no es lo mismo que la aprobación

La palabra «aceptación» encierra dos conceptos distintos.

Una es objetiva. Una persona puede comprender que, en las circunstancias actuales, va a morir, prepararse para esa posibilidad y hablar con sinceridad con quienes la rodean.

La otra es de carácter evaluativo. Les pide que decidan que la muerte es adecuada, necesaria o, de alguna manera, buena para ellos.

Lo primero no implica lo segundo.

En todos los demás ámbitos hacemos esta distinción. Una enfermedad puede ser incurable hoy en día sin por ello convertirse en algo deseable. Una tormenta puede ser inevitable sin por ello resultar bienvenida. Reconocer una limitación no es lo mismo que alabarla.

«La muerte es natural» tampoco resuelve la cuestión. El término «natural» describe el origen de algo. No dice nada sobre si debemos preservarla, prevenirla o encontrar formas de sortearla.

El envejecimiento, las infecciones y el fallo orgánico también son procesos naturales. Gran parte de la medicina existe precisamente porque la naturaleza no se ajusta automáticamente a lo que la gente valora.

Hay quienes encuentran un verdadero consuelo al considerar la muerte como parte de un orden superior. Esa perspectiva merece respeto. Pero eso no implica que el resto de la gente esté obligada a sentir lo mismo.

Una persona puede afrontar la muerte con serenidad y, aun así, preferir no morir. Puede apoyar a un familiar moribundo sin calificar la pérdida de «hermosa». Puede pasar el duelo sin buscar una lección que haga que la muerte resulte aceptable.

Aquí no hay una interpretación emocional «correcta».

¿Qué tiene esto que ver con la criónica?

La criónica no hace que el final desaparezca. Cambia lo que se puede intentar cuando la medicina actual ha llegado a su límite.

Tras la muerte legal, la criopreservación tiene como objetivo ralentizar la descomposición y conservar en la medida de lo posible la estructura física del cerebro. La esperanza subyacente es que la tecnología del futuro pueda reparar el daño, recuperar a la persona y tratar la causa original de la muerte.

Actualmente, nadie puede demostrar que esto vaya a funcionar en un ser humano. Es posible que el intento no consiga preservar lo suficiente. Quizás la tecnología de reparación necesaria nunca llegue. Además, la organización encargada de la atención debe seguir siendo capaz de hacer frente a la situación durante un periodo que nadie puede predecir.

Sin embargo, las alternativas sí importan. El entierro y la cremación permiten o provocan que las estructuras relacionadas con la memoria y la identidad se pierdan de forma irreversible. Cierran deliberadamente esa posibilidad biológica.

La crioconservación deja esa cuestión en el aire, por muy incierta que sea.

Para alguien que considera inaceptable el final, esta diferencia puede ser suficiente para actuar. No necesita creer que la recuperación sea segura. Solo tiene que preferir un intento incierto a un desenlace que no deje vía de retorno.

Esa preferencia no demuestra que la criónica merezca la pena para todo el mundo. Explica por qué optar por ella puede ser coherente.

Según nuestras conversaciones con los socios, la motivación rara vez es una obsesión abstracta por «el futuro». Lo más habitual es que parta del apego a una vida que ya está aquí.

La gente quiere quedarse con sus seres queridos. Sienten curiosidad por saber qué aprenderá la humanidad. Tienen proyectos que continuarían si se les diera la oportunidad. O, sencillamente, no ven por qué deberían renunciar a una vida que valoran sin aprovechar la única opción que les queda.

El futuro que uno se imagina no tiene por qué ser perfecto. Solo tiene que incluir una vida que esa persona considere que merece la pena vivir.

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El rechazo no es una negación

Hay una diferencia importante entre negar la muerte y negarse a aceptarla.

La negación oculta los hechos. Actúa como si la enfermedad, el envejecimiento y el paso del tiempo pudieran ignorarse. Una decisión seria en materia de criónica debe hacer justo lo contrario.

Implica que la persona se enfrente a la muerte legal, a posibles retrasos, a daños biológicos y a la ausencia de cualquier método de reanimación demostrado. Implica que firme documentos para un suceso que espera que no ocurra hasta dentro de décadas.

Tomorrow.bioEn el documento de consentimiento informado se indica claramente que es posible que la reanimación nunca llegue a ser posible. El deseo de sobrevivir no elimina esa incertidumbre.

Tampoco el hecho de considerar inaceptable la muerte significa exigir que la medicina actual prolongue el sufrimiento a cualquier precio.

Una persona puede tomar decisiones meditadas sobre los cuidados al final de la vida y, aun así, solicitar la criopreservación tras la muerte legal. La primera se refiere a lo que la medicina debería hacer mientras aún sea posible la recuperación. La segunda se plantea si se puede preservar algo de la persona para un futuro en el que quizá haya más posibilidades.

Son decisiones relacionadas, pero no son la misma decisión.

En este contexto, «inaceptable» no tiene por qué significar pánico o ira. Puede significar algo más moderado: reconozco lo que está pasando, pero no optaré por una destrucción irreversible mientras siga existiendo una alternativa.

La versión sincera de la esperanza

Un fuerte deseo no es una prueba.

Es posible que una persona desee el resurgimiento más que nada en el mundo y, aun así, no disponga de ningún método fiable para asignarle una probabilidad. El procedimiento presenta demasiadas incógnitas, desde el estado del cerebro antes de la refrigeración hasta las capacidades de una civilización futura.

Un argumento honesto a favor de la criónica no debería ocultar esas lagunas.

Tampoco es necesario que lo haga.

La decisión no consiste en elegir entre una recuperación garantizada y una muerte segura. Se trata de elegir entre conservar lo que aún se puede conservar y permitir que la estructura restante sea destruida.

Una de las opciones podría fallar. La otra elimina la opción.

El valor que se le otorgue a esa diferencia depende de cada persona. Depende de la importancia que le den a seguir con vida, de lo que les cueste ese acuerdo y de si consideran que el procedimiento y la organización son lo suficientemente fiables como para depositar en ellos sus esperanzas.

Por eso, el argumento de que una probabilidad del 1 % es infinitamente mejor que el 0 % se reduce, en última instancia, a la diferencia entre una posibilidad y la ausencia de ella. No es una prueba de que alguien conozca la verdadera probabilidad de resucitar.

Deberíamos ser capaces de aceptar ambas ideas a la vez: las pruebas son incompletas, y la posibilidad que queda aún puede tener una enorme importancia.

Tienes todo el derecho a querer seguir adelante

Ningún resultado científico puede determinar hasta qué punto otra persona debería valorar su propia supervivencia.

Hay personas que no quieren recurrir a la criónica. Puede que consideren la muerte como un final, que crean en la vida después de la muerte, que duden de que una persona resucitada siga siendo la misma o que decidan que la incertidumbre no merece la pena el dinero y el esfuerzo que supone.

Esos son puestos reales.

Pero lo contrario también es cierto. Una persona tiene derecho a decir que esta vida, esta mente y estas relaciones son irremplazables para ella. Tiene derecho a desear más tiempo sin disfrazar ese deseo como un deber para con la humanidad.

Tomorrow.bioSu función no es decirle a la gente que debe considerar inaceptable la muerte. Consiste en poner la crioconservación al alcance de quienes ya saben que quieren intentarlo, y en describir ese intento sin convertir la incertidumbre en una promesa.

Si se deciden por ello, el deseo acabará teniendo que hacerse realidad. La afiliación, la financiación, la información en caso de emergencia y la concienciación de la familia son importantes, ya que la criopreservación no puede llevarse a cabo solo con la convicción.

Los preparativos necesarios se explican en los documentos importantes que hay que conservar.

Una vez que se hayan establecido esas medidas, la decisión no tiene por qué dominar la vida cotidiana. Puede seguir siendo lo que se pretendía que fuera: un plan de contingencia ante un final que la persona no acepta de buen grado.

La versión más clara de esta postura es también la más breve.

Sé que la criónica puede fallar. Sé que nadie puede prometerme que volveré. Pero mi vida me importa, y prefiero un intento incierto a no intentar nada en absoluto.

No hace falta nada más complicado.

En resumen: Se puede aceptar la muerte como un hecho sin aceptarla como un resultado positivo. La criopreservación no puede prometer la supervivencia, pero mantiene una posibilidad que el entierro y la cremación eliminan. Para alguien que desea que la vida continúe, elegir esa posibilidad es una respuesta coherente.

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