Pregunta a la gente quién se apunta a la criónica y casi todos imaginarán a multimillonarios tecnológicos. Es una imagen cómoda, y es falsa.
Además hace daño de verdad, porque da a la gente una excusa para no mirar nunca los números reales.
Los números son mucho más corrientes de lo que sugiere el tópico. Este artículo los expone, incluida la parte donde el argumento deja de sostenerse.

Lo que cuesta en realidad
Aquí se confunden dos cosas distintas, y separarlas resuelve casi toda la confusión.
La primera es la membresía, una cuota fija de 50 euros al mes a cualquier edad. Esa parte no depende de los años que tengas.
También existe una membresía vitalicia de 15 000 euros, para quien prefiera pagarla de una vez en lugar de llevar una cuota mensual.
La segunda es la preservación en sí. A precio de socio son 200 000 euros para cuerpo completo, o 75 000 solo para el cerebro.
Esa cifra mayor es la que asusta, y casi nadie la paga de golpe.
Además se divide en dos partes. Unos 80 000 cubren el procedimiento: desde el equipo de guardia y el traslado hasta la crioprotección, el enfriamiento y el control de calidad.
Los 120 000 restantes son el almacenamiento a largo plazo. Los gestiona una fundación aparte que los invierte, de modo que son los rendimientos, y no el capital, los que pagan los costes de mantenimiento.
Una persona sana de 30 años podría pagar entre 30 y 60 euros al mes por un seguro de vida que cubra esa cantidad.
Sumando la membresía, el compromiso completo queda entre 80 y 110 euros al mes, más o menos. Ese es el número que merece la pena discutir.
Esas son tarifas de socio. Sin membresía, la misma preservación cuesta 230 000 y 115 000 euros, que es lo que realmente compra la cuota mensual.
El truco está en el seguro
El seguro de vida es el mecanismo que lleva más de un siglo poniendo al alcance de la gente corriente cosas de gran coste.
Hay dos tipos de póliza que sirven para esto, y aquí la diferencia entre ambas importa más que en cualquier otro caso.
El seguro temporal es barato y caduca. El seguro de vida entera cuesta más y no caduca, algo clave cuando el pago tiene que llegar en el momento que sea.
No hace falta ahorrar 200 000 euros de golpe. Se pagan primas pequeñas y periódicas que suman esa cantidad, y la póliza paga cuando hace falta.
Es la misma estructura que permite a las familias corrientes comprar una casa con una hipoteca o afrontar gastos médicos con un seguro.
Un profesor, una enfermera o un ingeniero pueden organizar esto mediante una planificación financiera del todo normal. No hace falta patrimonio acumulado, solo unos ingresos estables y una decisión.
El mecanismo no es complicado una vez que te pones a ello, y los pasos están detallados en lugar de dejarse como ejercicio para el lector.
Importa que la póliza se ceda correctamente en lugar de dejarla en manos de la familia. Los planes financiados por la familia fallan de formas predecibles, por eso no confiamos en ellos.
Dónde deja de funcionar el argumento
Todo lo anterior depende de que se pueda contratar el seguro, y esa es la parte que este argumento suele saltarse.
El precio del seguro depende de la edad y la salud. La misma cobertura que a los 30 años cuesta 40 euros al mes puede costar varias veces más a los 60.
Si ya tienes un diagnóstico grave, es posible que te lo denieguen directamente. En ese caso, la vía barata queda cerrada sin más.
Decir lo contrario sería la misma evasiva que este artículo denuncia, así que no lo haremos.
Si una aseguradora te rechaza, dilo pronto, no tarde. Las opciones se reducen, pero no desaparecen, y son más fáciles de organizar con tiempo por delante.
Lo que queda para esos casos es el pago directo, o la financiación mediante un fideicomiso o la herencia. Las vías están explicadas con claridad, no dejadas a la intuición.
También existe una tarifa reducida para estudiantes y personas con ingresos bajos, porque una cuota fija no lo es tanto si el margen de alguien es cero.
Y para quien de verdad no tiene margen financiero, la barrera es real. Fingir lo contrario sería una falta de honestidad.
La palanca que sí existe es el tiempo. Cada año que se retrasa la decisión encarece la prima y reduce el número de pólizas todavía disponibles.
Esa es la versión incómoda del argumento del coste, y apunta justo en la dirección contraria a posponer la decisión.
La conclusión honesta es más limitada que el eslogan: esto resulta asequible para la mayoría de la gente que trabaja y empieza pronto, y se complica cuanto más se deja pasar.
La comparación honesta
Coloca la cifra mensual junto a cosas en las que la gente gasta sin considerarse una élite.
Coche, vacaciones, restaurantes, aficiones. Muchos hogares destinan más de 100 euros al mes a cualquiera de estas partidas.
Una pareja que gaste 300 euros al mes en restaurantes podría destinar la mitad a cubrir la preservación de los dos.
Hay una comparación todavía más contundente. La preservación suele costar menos que las intervenciones médicas a las que recurre la gente en su último año de vida.
Nadie llama lujo a eso. Es sencillamente lo que se hace cuando la alternativa es peor.
Fíjate también en lo que la gente ya gasta por mantenerse viva y sana: suplementos, gimnasio, mejor alimentación, medicina preventiva.
Ese es un desembolso continuo y considerable para ganar años de salud. La preservación extiende ese mismo impulso un poco más adelante en el tiempo.
La comparación a la que la gente recurre son las vacaciones o el coche. La que de verdad encaja es el seguro, porque es literalmente el instrumento que se está usando.
Nadie llama capricho a una póliza de vida. Se cotiza igual, se contrata igual y paga bajo las mismas condiciones.
La barrera real casi nunca es el dinero
Dejando aparte los casos anteriores, queda un patrón claro. La mayoría de quienes rechazan esto por el coste podrían permitírselo con una reasignación modesta del gasto.
Lo rechazan por otro motivo. O la propuesta no les convence, o el peso social de lo raro pesa más que el interés.
Eso es una cuestión de si esto es para ti, y responder que no es perfectamente legítimo.
Ambas razones son legítimas. Ninguna es un problema de dinero.
Conviene precisar a quién se dirige este argumento. No a la persona que no tiene ningún margen.
Se dirige a quien sí tiene margen, ha decidido no mirar el asunto de frente, y recurre al precio porque es la excusa más respetable disponible.
El coste es la objeción más aceptable socialmente que existe, precisamente por eso conviene desconfiar de ella cuando la usas contigo mismo.
Esa es la función silenciosa de la falacia de que esto solo es para ultrarricos: resulta más fácil que preguntarse si de verdad crees que esto puede funcionar.
Si crees que la posibilidad es real y la quieres, encontrar 100 euros al mes suele ser un problema con solución. Si no lo crees, ningún precio te parecerá justificado.
El obstáculo es la creencia y la prioridad, y el retraso que viene después cuesta más de lo que costará jamás la prima.
Como pasó con los primeros coches, los ordenadores o los vuelos, la novedad cara de hoy tiende a volverse la normalidad de mañana a medida que los sistemas que la sostienen crecen.
Cuantas más personas traten la preservación como una opción razonable, más corriente se vuelve para quienes vengan después.
Nada de esto exige ser rico. Exige decidir qué valoras de verdad, y después actuar mientras se puede.
Quienes ya se han hecho socios suelen describir alivio, no triunfo. La decisión deja de ocuparles la cabeza, y eso ya vale algo por sí solo.
En resumen: la criopreservación es cara, pero no está reservada a los ultrarricos. Muchos socios recurren a un seguro de vida, aunque la asequibilidad sigue dependiendo de la edad, la salud, los ingresos y el país.
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