De todas las tecnologías especulativas, la que está más directamente relacionada con el éxito o el fracaso de la criónica es la nanotecnología molecular.
Aquí se le llama «apuesta» a propósito. Se trata de apostar a que una capacidad que, en principio, es posible, pero que aún no existe, acabará por materializarse.

Por qué la reparación a escala molecular es la clave
Cualquiera que sea la vía que elijamos para lograr la reactivación, esta acabará requiriendo una intervención a escala celular y molecular.
Eliminar la causa de la muerte. Revertir el daño causado por la conservación. Eliminar los crioprotectores durante el recalentamiento antes de que puedan actuar.
Cada una de estas técnicas implica trabajar allí donde se produce realmente el daño, es decir, en el interior de las células, a escala de estructuras individuales.
Esa es la promesa de la nanotecnología: el control de la materia a escala nanométrica, una milmillonésima parte de un metro.
A esa escala, un cambio pequeño y preciso en una célula puede alterar por completo su destino. También es la escala en la que una sinapsis se considera un objeto grande en lugar de uno pequeño.
Ninguna otra opción propuesta actualmente funciona allí con ese nivel de precisión. La química a gran escala llega a todas partes, pero no controla nada; la cirugía controla con precisión, pero no llega a nada lo suficientemente pequeño.
El atractivo de la maquinaria molecular radica en que sería la primera herramienta que reuniera ambas propiedades a la vez, razón por la cual gran parte del argumento a favor del renacimiento se apoya en ella.
El ejemplo más claro es el recalentamiento. El calor aplicado desde el exterior llega de forma desigual, y esa desigualdad constituye la principal dificultad de la crioconservación reversible.
Una herramienta que actúa desde el interior del tejido no tiene ese problema, ya que no hay un exterior desde el que pueda propagarse el calor.
De una conferencia de 1959 a un campo de investigación
La idea es más antigua de lo que parece. En 1959, el físico Richard Feynman esbozó el concepto de manipular la materia átomo a átomo.
Su argumento era que nada en la física impide construir y reparar cosas partiendo desde cero. La idea permaneció prácticamente en suspenso durante un cuarto de siglo.
En 1986, el libro de K. Eric Drexler *Engines of Creation* dio a conocer la nanotecnología molecular y le dio nombre a esta disciplina.
En su forma completa, se refiere a la maquinaria que coloca átomos individuales para construir, reparar o regenerar casi cualquier cosa, incluidas las estructuras del interior de una célula viva.
En este caso, es importante distinguir entre lo que existe y lo que se promete. La ingeniería a nanoescala es hoy en día un campo de trabajo real.
El origami de ADN pliega moléculas para darles las formas deseadas. Los motores moleculares funcionan. La administración dirigida lleva los medicamentos allí donde se necesitan.
Lo que no existe es el ensamblador molecular de uso general, la máquina capaz de reparar cualquier daño en cualquier tejido.
La distancia entre esas dos cosas es la apuesta en su totalidad. Todo lo que viene a continuación depende de en qué lado de esa línea se sitúe el futuro.
Lo que se podría comprar con la criónica
Si alguna vez se logra desarrollar una técnica de reparación molecular madura, los beneficios serán enormes y directos.
- Reparación de los daños causados por la conservación. Una vitrificación imperfecta provoca daños celulares que, en principio, podrían repararse a nivel molecular antes de la reactivación.
- Solucionar a la vez el recalentamiento y la toxicidad. Si el calentamiento es demasiado lento, se forma hielo durante el ascenso, y los agentes que evitan la formación de hielo son, a su vez, tóxicos. El control molecular resuelve ambos problemas a la vez.
- Curar la causa original de la muerte. El tratamiento de las enfermedades a nivel celular permitiría hacer controlables muchas de las afecciones que hoy en día son mortales.
- Revertir los efectos del envejecimiento. La reparación a nivel celular podría devolver a los tejidos a un estado más joven, en lugar de limitarse a remendarlos.
Fíjate en que se trata de cuatro problemas distintos con una solución común. Eso es poco habitual, y es por eso por lo que esta tecnología suscita tanto interés en este ámbito.
Por eso también conviene expresar claramente la apuesta, en lugar de darla por sentada. Una única capacidad que conlleva cuatro problemas supone un riesgo concentrado.
Por qué se llama «apuesta»
Lo más sincero de este artículo es que la apuesta puede salir mal, y hay personas serias que han argumentado que así será.
La crítica más importante, planteada públicamente por los químicos a principios de la década de 2000, es que quizá no sea posible crear un ensamblador de uso general.
Las objeciones eran concretas: el posicionamiento de átomos individuales se ve dificultado por las propiedades químicas de las herramientas que lo llevan a cabo y por el grado de reactividad de los átomos a esa escala.
Ese debate nunca se zanjó mediante experimentos, ya que ninguna de las partes llegó a construir la máquina en cuestión. Sigue sin resolverse.
Por lo tanto, la postura correcta es una apuesta, no una previsión, y debe dimensionarse como tal.
Hay dos factores que mitigan el riesgo. El primero es que el renacimiento no depende únicamente de esta tecnología. El método de «escaneo y reconstrucción» se basa, en cambio, en la imagenología y la computación, y su resultado se aborda en el tema de la transferencia de la mente.
Si el montador nunca llega, esa ruta no se ve afectada. Una apuesta con una segunda ruta independiente no es lo mismo que una sin ella.
La segunda es que una capacidad parcial podría ser suficiente. Reparar daños específicos y bien caracterizados en tejido conservado es una tarea mucho menos ambiciosa que crear un ensamblador universal.
El intento publicado más detallado para especificar qué se necesitaría realmente es la obra de Robert Freitas *Cryostasis Revival*, que merece la pena leer precisamente porque se niega a dar respuestas simplistas.
La cuestión de si esa especificación es viable sigue abierta, y los defensores más sinceros así lo reconocen. El progreso en cada uno de los aspectos se supervisa con el fin de impulsar el avance del sector y nuestras iniciativas de investigación y desarrollo.
Considerar todo esto como un programa de ingeniería en lugar de una profecía es la disciplina que garantiza la honestidad del proyecto, y es la misma postura que adopta este campo respecto a la conservación en sí misma.
Un programa de ingeniería puede informar de lo que no ha logrado. Una profecía no puede hacerlo, y esa es la razón práctica por la que esta distinción es importante.
Al igual que todos los aspectos de la historia del renacimiento, se sustenta en el mismo fundamento, que es que, en la actualidad, el renacimiento no es posible.
Lo que ofrece esta apuesta es una razón concreta y físicamente viable para pensar que, con el tiempo, se podrá construir la orilla más lejana del puente. No es una razón para pensar que ya se haya construido.
En resumen: La nanotecnología molecular podría, algún día, reparar células y tejidos a escalas muy pequeñas. La física podría permitirlo, pero aún no se han construido ni demostrado los sistemas médicos necesarios.
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