Aquí tienes la respuesta más sincera a la pregunta más habitual, sin rodeos. No sabemos cuándo será posible el renacimiento. Cualquiera que te dé una fecha concreta o bien está haciendo conjeturas o bien está vendiendo algo. Esto no es una evasiva. Es el nivel adecuado de certeza, y en el resto de este artículo se explica por qué, y qué podemos decir aunque no podamos precisar cuándo.

Por qué es casi imposible predecir
Las previsiones tecnológicas tienen fama de tener un historial desastroso, sobre todo en el caso de las tecnologías transformadoras que dependen de varios avances complementarios al mismo tiempo. En 1950, unos físicos muy seguros de sí mismos predijeron que en unas décadas habría aviones propulsados por energía nuclear; nunca llegaron a aparecer. En la década de 1970, los investigadores en inteligencia artificial predijeron que en una generación habría máquinas con capacidades similares a las de los humanos; se tardó mucho más tiempo. Predecir cuándo se alinearán tantos avances inciertos no se parece tanto a leer un horario como a pronosticar el tiempo con meses de antelación: el sistema es demasiado contingente. La reactivación criónica es especialmente difícil porque depende de múltiples tecnologías inciertas, cada una con su propio plazo desconocido, tal y como se expone en «Cómo podríamos lograr la reactivación».
¿Qué tendría que ser lo primero?
Aunque no tengamos una fecha concreta, podemos enumerar los requisitos previos, lo que al menos delimita el problema. La resurrección requiere herramientas capaces de actuar en todo el tejido conservado a escala molecular, el tipo de capacidad que se baraja en la apuesta por la nanotecnología. Requiere una comprensión mucho más profunda de cómo el cerebro codifica la memoria y la identidad de la que tenemos actualmente. La estructura a la que apunta la mayor parte de ese trabajo es el conectoma, las aproximadamente 100 billones de conexiones sinápticas entre las neuronas del cerebro, que es lo que la vitrificación está diseñada para mantener intacto. Y se necesita la capacidad técnica. También se necesita la voluntad social y económica para utilizarla. Cada uno de estos factores es incierto por sí solo; multiplicados entre sí, hacen que cualquier cifra aislada carezca de sentido.
Lo que sugiere la historia
Las tecnologías transformadoras varían enormemente en cuanto al tiempo que tardan en desarrollarse. El vuelo a motor pasó del primer vuelo a la aviación comercial en unas dos décadas, porque se trataba de un problema de ingeniería relativamente sencillo basado en principios físicos bien conocidos. La energía de fusión, por el contrario, lleva setenta años estando «a treinta años de distancia». Quizá la analogía más adecuada sea la ingeniería genética: desde el descubrimiento de la estructura del ADN en 1953 hasta la edición génica precisa con CRISPR hacia 2012, unos sesenta años de progreso constante y acumulativo en muchos subcampos. El renacimiento podría seguir una trayectoria similar: décadas de avances en áreas adyacentes, seguidas de un avance decisivo que de repente lo haga viable. O podría estancarse. La historia respalda ambas posibilidades.
A qué hay que prestar atención
En lugar de una cuenta atrás, presta atención a los indicadores que señalan que el campo avanza en la dirección correcta: los avances en la maquinaria molecular y el ensamblaje molecular preciso; una mejor conservación y una mayor resolución en las imágenes del tejido neural; los avances en medicina regenerativa y reparación de tejidos; y los cambios en las actitudes sociales y los marcos legales hacia la prolongación radical de la vida. Ninguno de estos elementos es un reloj, pero, en conjunto, te indican si los requisitos previos están cada vez más cerca o no.
La posibilidad de que nunca...
Un debate honesto debe tener en cuenta el peor de los casos: puede que la reactivación nunca llegue a producirse. El progreso podría estancarse, la civilización podría verse trastornada o las barreras técnicas podrían resultar más altas de lo esperado. El almacenamiento en nitrógeno líquido es lo suficientemente barato y sencillo como para que la conservación pueda durar, con toda plausibilidad, siglos mientras esperamos, pero esperar no es lo mismo que tener éxito. A -196 °C, el movimiento molecular es lo suficientemente lento como para que las reacciones químicas que provocan la descomposición se detengan de forma efectiva, por lo que una espera de siglos no supone, en esencia, ningún daño adicional. Esto no es derrotismo; es ser realista. La crioconservación es una apuesta por una capacidad futura, y el plazo incluye la posibilidad de que la respuesta sea «no a tiempo, o nunca».
La respuesta sincera a la pregunta «¿cuándo podemos esperar un renacimiento?» es que no lo sabemos y no podemos saberlo. Podrían ser cincuenta años, podrían ser quinientos, o quizá nunca. Opta por la conservación porque valoras la oportunidad, no porque confíes en un plazo concreto.
Así que no bases la decisión en una fecha prevista, porque no hay ninguna fiable en la que basarla. Básala en lo que no depende en absoluto del tiempo: que la información conservada mantiene abiertas posibilidades que la información destruida descarta, y que el intento merece la pena incluso cuando se desconoce el calendario. Ese es el mismo razonamiento por el que una probabilidad del 1 % es infinitamente mejor que el 0, y es la única parte de todo esto que no requiere predecir el futuro. Nuestra tarea mientras tanto es fácil de explicar. Conservar lo mejor posible. Hacer avanzar la ciencia en la medida de lo posible. Mantener las organizaciones lo suficientemente estables como para que sigan aquí cuando llegue la respuesta, sea cuando sea.
