Sería fácil —y deshonesto— ser impreciso al respecto. Así que seamos precisos: nunca se ha resucitado a ningún ser humano tras la criopreservación y, con la tecnología actual, no es posible hacerlo. Este es el hecho más importante que hay que tener muy presente, porque todo argumento honesto a favor de la criónica se basa en él, y no en torno a él. La criónica es un puente hacia un futuro en el que quizá se pueda completar la tarea. En este momento, la orilla opuesta aún no está construida. Y este es precisamente el motivo.

No podemos revertir la causa de la muerte
La crioconservación comienza en el momento de la muerte legal, lo que significa que la persona llega con la causa de su fallecimiento sin haber sido tratada: un cáncer avanzado, un fallo orgánico o el daño provocado por un ictus. Reanimar a alguien no es solo cuestión de calentarlo; requiere curar la afección que le causó la muerte en primer lugar. En el caso de la mayoría de las causas de muerte, la medicina actual no puede hacerlo ni siquiera en un paciente vivo, y mucho menos en uno crioconservado. Hasta que la enfermedad subyacente sea curable, no podrá producirse la reanimación.
Todavía no podemos reparar el daño causado por la conservación
La conservación no está exenta de riesgos. La carrera contra la degradación celular implica que se acumula cierto daño isquémico antes de la refrigeración, y la vitrificación, aunque es un buen método, no es perfecta. Para revertir ese daño se necesitan herramientas de reparación a escala celular y molecular que, sencillamente, hoy en día no existen.
No podemos volver a calentar sin causar daños
Este es uno de los principales problemas sin resolver en este campo. Los crioprotectores que hacen posible la conservación son tóxicos a temperaturas elevadas; solo son inofensivos mientras todo permanece inactivo en el frío. Para reanimar a alguien, habría que calentar el cuerpo de forma controlada a través de la zona de peligro sin que se formara hielo, y solo entonces se podrían eliminar esos agentes sin envenenar el tejido. Hoy en día, ninguna tecnología es capaz de hacer eso con un ser humano completo.
Todavía no podemos leer ni reconstruir el conectoma
La apuesta de la criónica es que la identidad reside en la estructura del cerebro, el conectoma descrito en «Memoria, identidad y el cerebro». Aun admitiendo que la estructura se conserve, actualmente no disponemos de ningún método para cartografiar un cerebro humano completo con la resolución necesaria, ni para restaurar su funcionamiento a partir de dicho mapa. Las posibles vías para lograrlo en el futuro se exponen en «Cómo podríamos lograr la reactivación», pero todas ellas son capacidades futuras, no actuales.
Por qué esta honestidad es lo importante, y no una debilidad
Decir todo esto sin rodeos podría parecer que socava nuestro propio argumento. Es todo lo contrario. La criónica solo es defendible si se presenta tal y como es en realidad. La promesa no es «te reviviremos». La promesa es «preservaremos la estructura que te constituye, lo mejor que podamos, para que la medicina del futuro tenga con qué trabajar, si es que alguna vez puede hacerlo». Esa es una oferta real y honesta. También explica por qué todo este campo se basa en la lógica sesgada de una pequeña posibilidad frente a ninguna: la preservación no puede prometer la resurrección, pero puede mantener abierta la puerta que el entierro y la cremación cierran para siempre.
En la actualidad, la reanimación no es posible, y cualquiera que te diga lo contrario está equivocado o te está vendiendo algo. La criónica no apuesta por que podamos reanimarte ahora. Apuesta por que preservarte ahora es lo que hace que una reanimación futura sea siquiera concebible.
Nadie puede responder con responsabilidad a la pregunta de cuán lejos está ese futuro, y precisamente por eso abordamos la cuestión del tiempo con tanta cautela. Lo que no haremos es difuminar la línea entre lo que podemos hacer hoy —preservar— y lo que no podemos —recuperar—.
